19 junio, 2010

Es tan corto el amor pero tan largo el olvido...

Esta noche no estoy dormida, solo tengo mis ojos cerrados y mi cuerpo inmóvil oyendo el aire, el sonido de un reloj marcando el tiempo y un corazón latiendo. No estoy soñando pero tengo mis ojos cerrados intentando hacerlo y a momentos solo me dejo vencer por el silencio nocturno que calla lo que debería gritar. Siento el cuerpo, las manos y los pies pero la voluntad la tengo paralizada, mi cabeza le ordena que se mueva pero la quietud es tan profunda, tan lógica y ecuánime que no debería romperse con un torpe movimiento.


Tengo mis ojos cerrados pero no estoy dormida, solo me niego a abrirlos porque sé que cuando los abra el mundo de los sueños no conclusos cobrará los matices de una realidad que puede no gustarme. Mis ojos están cerrados pero lo escucho todo, escucho sus palabras que antes me guiaban pero ahora van tornándose más duras, secas y francas tanto que intento darle la melodía dulce que solían tener pero son tan áridas que en el silencio nocturno caen pesadas en mi alma y me anclan. Escucho con atención cada palabra esperando en una de ellas una mínima invitación a perdernos de nuevo pero ya sus ojos están abiertos viendo el mundo, el color, las formas y la luz; y cada palabra que pronuncia está impregnada de ello. Y ese pequeño sueño al que me aferro cada vez es menos nítido, se desdibuja; mientras yo trato de recuperarlo, su voz me invita a soltarlo y dejarlo ir.


Estoy con los ojos cerrados, el cuerpo inmóvil y el alma abierta, el corazón no duele pero pesa. Mis sentidos están despiertos y atentos pero no quiero escucharle decir que ya es tarde. Quiero que me diga que todavía se puede que aun guardo un lugar especial en su alma, que soy tan única como él lo es para mí, que su amor no es perentorio ni caduca, que todavía piensa en mí como yo pienso en él. Pero estoy sola, con los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil, ya no estoy soñando sólo estoy escuchando el aire, el sonido de un reloj marcando el tiempo y un corazón latiendo.

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