18 julio, 2010

De noche


Hay un fantasma sentado en mi cama.

Sus visitas me son familiares, siempre viene a mirarme dormir, acaricia mi cabello, me sonríe y lentamente baja a mi oído y canta para mí. No tiene un nombre, tiene cientos que recuerdan personas, lugares y detalles; canciones, promesas fallidas y lágrimas negras.
Se asoma a mi vida de tanto en tanto cuando me ve sonreír, lo atraen los sueños dulces. Se aparece lirondo, ácido y nítido pero cuando llega, se adueña de todo; cuando está conmigo, yo solo tiemblo.
Susurra a mi oído historias de miedo, de brujas, de hechizos, de diablos, demonios y tormentos, de corazones rotos condenados a no ser amados; luego me sujeta de la mano y me pierde en un bosque; me abandona allí, con el alma sola y el viento abrupto. Yo cierro fuerte mis ojos mientras escucho cómo galopan las ramas una contra otra y cómo mi pecho se frunce a cada golpe de ellas. Solo espero la mañana y me levanto cuando siento el rayito de sol sobre mi cuerpo desnudo. Yo camino un poco, pero tampoco sé cómo regresar a mi casa, así que nuevamente cierro los ojos y espero a que vengan por mí pero nunca nadie viene, oigo voces a lo lejos, yo las sé humanas, oigo su dulce voz y doy un paso para correr hacia ella y es cuando mi carcelero aparece, ancla con sus garras mis pies a la tierra y ya no me muevo, ante cualquier intento caigo rendida en el suelo y ya de ahí no logro levantarme, yo lloro entonces hasta quedar seca y cuando ya no hay fuerza para llorar, mi espectro viene y me canta una canción para dormir y vuelvo a despertar en mi cama, ultrajada, con el corazón roto y con el alma deshecha.

Yo tengo un fantasma que me visita de noche pero ayer me visitó de día.

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