30 agosto, 2010

Bizcochos


De acuerdo con papi, la razón por la que todavía no me ha aprobado ningún novio es porque no le he presentado a uno correcto para mí, usualmente tendría muchas ganas de debatírselo pero de repente me parece que no está muy lejos de tener de razón: no se lo he presentado.

Cuando era niña solía sentarme frente al horno a esperar que estuvieran los bizcochos, no me molestaba esperar que se doraran, me irritaba esperar a que los sacaran del horno, a veces se tardaban casi una hora en venirlos a sacar y eso, en tiempo mío, sabiendo que estaban frente a mí, a una mano de distancia, era simplemente una completa tortura. Por eso, a veces, solía abrir la puerta del horno y robarme uno antes de que sacaran la bandeja, algunas veces la suerte era mala y me traía sin querer toda la bandeja al suelo, era caliente el aire que salía del horno. Entonces los recogía y los volvía a poner sobre la bandeja y me regresaba de nuevo a la silla a esperar que vinieran a sacarlos del horno.
Si mi abuela preguntaba si había tomado uno sin permiso o si sabía por qué los bizcochos estaban llenos de tierra fingía demencia, si no funcionaba le echaba las culpas a mi hermano, al perro o al gato o a la abeja que iba pasando.
Y eso lo hacía siempre, pero jamás aun con los cachetes inflados de bizcochos llegaba a confesar que el bizcochito delicioso, calientito y doradito, recién horneadito me lo había comido yo o que de la precisa de que no me agarraran con las manos en los bizcochos me había olvidado de sacudirles la tierrita que se les había pegado a los que habían caído al piso y que mágicamente habían retornado al horno. Nunca decía nada aunque era más que obvio que la ladrona de bizcochos tenía un nombre y era el mío.

De ese tipo tengo otras historias, me sobran lamentablemente. Es curioso porque la mayoría de las anécdotas infantiles de mi familia me dejan en mal o mis padres solo parecen recordar aquellas en las que no me veo tan inocente, muchas de ellas tienen inherente algún reclamo de algún tipo pero en todas se revela que el mundo siempre es más divertido cuando se es niño o, en mi caso, que las tortas que me jalaba cuando era carajilla dolían menos y tenían soluciones más prácticas y era más fácil lidear con la culpa porque simplemente no existía.

Ahora me es difícil sentarme en la silla sabiendo que los bizcochos los eché a perder yo, sería más fácil echarle la culpa a otro de las decisiones tomadas pero ya no se puede, no es algo que se pueda evadir o creer, llegó el tiempo en que ya no sirven las excusas ni los chivos espiatorios. Por mi parte, tendré que aceptar que hay una forma correcta de esperar y que lejos está de abrir la puerta del horno antes de tiempo.

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