08 agosto, 2010

El no nacido


Para el masoquista simplemente hace falta un pensamiento para desatar un baúl entero de recuerdos. En un día tan largo como hoy solo hay un pensamiento eterno que ocupa mi mente, éste trata de desvanecerse a ratos pero no puede porque crece y se alborota a una sola señal, la más patética, la más ilusa; señal que posiblemente sea un oasis que crea el corazón para sostener una idea que solo respira en él, una que no tiene pies ni cabeza pero que adentro se siente como un feto que suplica por no ser abortado.

Ése que lucha por su derecho a vivir pero su madre conoce el destino que le aguarda; mientras te absorbe las fuerzas, se aferra a tu vientre y casi sentís que te ruega, que te implora pegado al cordón que lo mantiene unido y que lo deja vivo porque tampoco se atreve a no alimentarlo. Mientras tanto aquella cosa que crece en tus entrañas se niega a morir sin ver el sol, sin ver la luz, sin ser hombre o mujer, sin ser algo más que un feto sin nombre, sin ideal y sin sueños; solo es un yerro, uno que duele, que ni siquiera cuenta, del que querés sacudirte para no sentirlo.

Y de nada vale lo que oyó desde ese oscuro y tétrico lugar, no vale que él haya puesto colores y prados a aquellas voces, que haya soñado un futuro y haya corrido en él; de nada sirve porque al llegar el tiempo, que no falta mucho porque se hace necesario que sea pronto, nada de eso tendrá sentido porque morirá como muere lo que no debió nacer, lo que no estaba destinado a ser, no tendrá derecho a preguntar los porqué; sólo pasará y pondremos una curita al corazón, una grande que cubra el espacio que ocupaba ese no nacido y a cada desgarro que éste deje por haber sido arrancado sin haberlo pedido le pondremos sutura y al sanar, arrancaremos los hilos y serán tan solo vestigios indoloros y, al deshacernos de ellos, no sentiremos más el feto retorciéndose en el vientre. Quedará solo una cicatriz más, de la que no recordés su nombre ni contés en el libro de los amores pasados.


Y aún yo sabiendo todo eso, la verdad es una sola: que lo amo y lo extraño y que, desde aquí, nada de lo anterior tiene sentido. Que la desilusión no me rinde para encontrar formas de convencerme de que no es para mí y que yo no soy para él, que no nos pertenecemos, que no estamos hechos el uno para el otro.
Pero el desgaste del alma es tanto que por donde se le vea no tiene razón para vivir aunque sienta que me muera por él.

No quiero que llegue el día que él ame de nuevo y yo no sea parte de eso, que le roben un suspiro y no lo pueda atesorar yo, que construya un cuento nuevo y yo no lo estelarice; ¿y qué tan egoísta puedo ser? tan solo no quiero que llegue ese día porque tendré que sentarme a hablar francamente con mi corazón para explicarle que él, que no está, que ya no lo ama, no fue el amor de mi vida y que lo que sintió fue un torpe espejismo y que yo solo soy un mal recuerdo; que tiene que abortar esa idea para dejarme vivir a mí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Y vos qué pensás?