09 septiembre, 2010

El pichirulo


Mi papá tenía un jeep que había heredado de un primer trabajo que tuvo. Mi papá amaba a su jeep con todo su corazón. Le decía D'artagnan porque alguien había resuelto bautizarlo así pegándole una calcomanía en el parabrisas; en la casa lo conocíamos como el pichirulo.

Usualmente anadaba el carro solo, nunca nos llevaba a pasear en él porque decía que nos quejábamos mucho cuando había que empujar y aquellos improperios proferidos laceraban la autoestima de D'artagnan.

En las tardes de fin de semana, tomaba al pichirulo y se iba de Luna de Miel con él y no lo veíamos regresar hasta llegada la noche, no sin antes haber pasado parte de su fin de semana chaneando al perolillo (tenía muchos apodos el pobre jeep), lo cual iba más allá de echarle cera implicaba el poner y quitar piezas a lo loco y hacer todo tipo de desperfectos y experimentos. Lo veíamos hablarle y confiarle secretos y cuando menos lo esperábamos se desaparecían los dos, la bendita carcacha se lo llevaba y no lo regresaba hasta que la noche había caído. Mi papá amaba a su jeep con todo su corazón.

Resulta que en ese tiempo yo tenía la afición de coleccionar hojas de carta y habían llegado unos blogs nuevos a la librería pero como me encontraba corta de efectivo, se me ocurrió una gran idea. Mi alta visión empresarial me permitió convencer a mi hermano de que yo, con aquella carita y aquel patético cuerpecito, podía enseñarle a manejar el mismísimo D'artagnan, tal oferta le costaría tan solo mil pesos (lo suficiente para que yo comprara mis papeles de olor y una pequeña ganancia no caía mal), aquello incluía las lecciones teóricas y la práctica supervisada, barato el combo.

En un inicio se mostró un poco incrédulo pero la seguridad de mis promesas lo persuadieron. Finalmente le pareció nada riesgoso y muy fiable que una niña de escasos 8 años le enseñara a conducir y, valga decir, no una niña cualquiera, si no ¡yo! (ay, mi hermanito que siempre ha sido sagaz), él estaba demasiado emocionado con la posibilidad de arrancar a D'artagnan.

Como vivíamos en una ligera cuesta, mi papá solía poner dos grandes piedras que aguantaran al perolillo, todo era cuestión de quitar las piedras y soltar el freno de mano y a manejar se ha dicho. Las instrucciones eran muy sencillas: "observe y aprenda" luego "haga lo mismo". Honestamente en aquellos tiempos no planificaba mucho ni tenía estrategias de trabajo muy complejas, tampoco considera Plan B o posibles dificultades; básicamente el plan consistía en quitar las piedras y dejar rodar el carro cuesta abajo.

Y así lo hicimos, entre gritos maravillados contemplábamos cómo nos movíamos... cuesta abajo... Mi hermano insistía en tomar el volante pero justo en ese momento me puse a pensar en los inconvenientes de nuestra hazaña; porque en mi visión empresarial no había establecido cómo lo detendría siendo la pendiente tan larga, ni tampoco la forma en la que regresaría el carro a su lugar, considerando que deseaba que no se entrometieran en mis negocios y dicho sea de paso no fueran a castigarme, no había pensado en nada de eso.

Suficiente para mi crisis: empecé a gritar como una histérica y ante aquella reacción tan inesperada de la instructora, mi hermano le dio por pedir auxilio, "¡nos morimos, nos morimos!" lloraba el pobre.

Mi papá salió corriendo detrás de nosotros pero habíamos agarrado velocidad y pocos metros antes de que nos alcanzara, pegamos contra un poste que guardaba la vuelta de la calle. Mi hermano, quien continuaba gritando, cayó a unos metros, con un brazo casi roto. Y yo chillando como una Magdalena porque ¡había matado a mi hermano!
Aquel era un cuadro digno de verse.


Hacía mucho no me acordaba de esa historia, hoy mientras lo miraba descansar me vino a la mente y me acordé de verlo semanas después reparando a D'artagnan, entregado, silencioso, con su carita de ogro.
Mi papá amaba su carcachita pero más nos amaba a nosotros.

Es fácil perderse mirando absorto a quien amás, yo podría verlo allí por horas, oyéndolo respirar, viendo sus mangueritas y sabiendo que ese cuerpo es un pedazo de vida mía sin la que no logro imaginarme; no me hace falta que me diga nada porque yo sé que me ama más de lo que yo alcanzo a comprender.

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