01 diciembre, 2010

De mi colección de espadas

Se fue noviembre y se llevó todo en un mes.
Se llevó una idea, una abstracción, una sirena y una princesa; un cuento de sueño, una noche color musgo, la arena, las olas y las canciones azules.
Y llevándoselo todo, no ha dejado nada en el cuarto, solo sus espadas inscrutadas en mi espalda; anoche no dormí: las sentí todas, las enumere: las clasifique y las odie una a una por tamaños y colores.
Esta mañana bajo la lluvia me levanté más fuerte, porque no es tiempo perdido si algo se ha aprendido.
Yo no necesito rescatistas, se equivoca quien cree que espero caballeros armados, trovadores noctábulos, poetas embelesados; no necesito que me canten en mi torre ni que me arrullen con versos ni que se ofrezcan a matar mis dragones.


Yo creo que enamorarse es muy fácil, la cautivación no exige requisitos, nos enamoramos en verano, con palabras, con miradas,  con promesas, incluso con mentiras. Pero amar... amar con locura, con entrega y absoluta devoción... amar en invierno, apesar de todo: de errores, defectos, torpezas, remiendos; amar... tan chiquitita la palabra, no compete a bailadores, a poetas, a trovadores, a marineros, a caballeros ni a ideas, ni a sirenas, mucho menos a princesas.

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