19 diciembre, 2010

Carta al niño


-¿Tía, qué le vas a pedir al niño?
-Hmmm... aún no sé.
-Tiene que apurarse para que el niño le dé tiempo de ir a comprar las cosas...

Plop! Resulta que el niño también sufre de las frustraciones de las compras navideñas!

No importa el estratos social ni la edad, todos andan como locos, frenéticos abejones chocando contra los ventanales de las tiendas, adquiriendo con una tarjeta plástica ropa bonita para presumir con sus amigos y familiares o buscando materializar el amor con regalos y envoltorios. Nunca había visto fluir el dinero como en esta época, la gente parece haber perdido la conciencia de él, no les preocupa si hay diferencia de 2 o 3 mil colones o incluso más, están tan ocupados comprando que un poco más o un poco menos les es indiferente cuando su único objetivo es apropiarse de eso que no tiene dueño. 

Tampoco pretendo fingir que no soy parte de ese patrón, la verdad es que me pruebo todo lo que me gusta y me es muy difícil no dejármelo inventando cientos de futuras ocasiones para lucirlo, en mi armario parece que almaceno guardarropa para el próximo fin del mundo; también adoro buscar regalos para sorprender a los que quiero, si no fuera porque hay un signo de colones que pincha mi burbuja de compulsividad adquisitiva probablemente tendríamos la tienda vacía sin mercadería. 

El dinero no da la felicidad pero produce una sensación tan parecida que es difícil diferenciarla, la gente parece feliz comprando y por eso la gente es tan feliz en diciembre, aunque también es una época en la que más casos de depresión se presentan...

En fin, yo soy feliz en diciembre, no por las compras (aunque también es un buen aliciente), ni por el dinero que fluye, soy feliz porque puedo explicarle a mi sobrina que el niño no necesita salir de compras para traerme lo que quiero, que ya se botó conmigo cuando en la espontaneidad de ella me ha hecho sonreír con sus ocurrencias, cuando en su abrazo llegué a pensar que no necesito nada más en esta Navidad.

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