05 febrero, 2011

Estado primitivo


Enfrentémonos en el estado más primitivo de nuestra humanidad, cara a cara, cuerpo a cuerpo, alma a alma; sin que importen los atavios de mi vestido, tus títulos y diplomas, los altos rangos ejecutivos ni la complejidad de nuestros credos; olvidemos el costo de todas nuestras apariencias, de esas armaduras de metal, de estos muros de concreto, de los vecindarios de alcurnia y los escudos de armas.

Encontrémonos, cuerpo a cuerpo, y que el orgullo sea la ropa que dejás caer a los pies de la cama, mirémonos desde la más pura y absoluta desnudez aquella que no admite vergüenzas, dignidades ni verdades ocultas y que ya no nos estorbe esa soledad que absurdamente llevamos a cuestas ni todos estos miedos que visten nuestros cuerpos.

Entendámonos, alma a alma, abandonemos las palabras bonitas, los versos y poemas; deshagámonos de todos los protocolos, de los saludos de cortesía y hablemos desde esa voz de adentro, aquella que no consiente fingimientos, etiquetas ni formalidades, que prohibe los rituales de sociedad; que sea solo tu alma frente a la mía, tu voz y la mía.

Entreguémonos, el uno al otro, despojémonos de nuestras diferencias y rindamos los brazos desde lo único que nos hace iguales: desde el estado más primitivo de nuestra humanidad, donde no hay almas gemelas, solo seres humanos que se necesitan el uno al otro, cara a cara, cuerpo a cuerpo y alma a alma.

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